ESTUDIOS SOBRE PARÍS. "Études sur Paris" 1928, André Sauvage

Si hay una ciudad propicia para filmar una sinfonía urbana es, sin duda, París en los años veinte. Directores como Alberto Cavalcanti, Eugène Deslaw o Joris Ivens fijaron sus miradas en la capital francesa para convertirla en lienzo donde desplegar la experimentación propia de las vanguardias, con incursiones en el surrealismo, el mecanicismo y el realismo poético. André Sauvage es otro de aquellos artistas multidisciplinares que capturaron con la cámara el ajetreo de las calles, la estética de los monumentos y la humanidad de los viandantes, todo ello con un profundo sentido cinematográfico que puede resultar inhabitual en un director poco experimentado como Sauvage.

Estudios sobre París es su segundo largometraje dentro de una trayectoria breve e imprecisa. André Sauvage es un autor que decide llevar sus inquietudes expresivas al cine, influido por las nuevas corrientes que se ponen en marcha en Europa a principios del siglo pasado. Su conocimiento de la imagen pictórica y fotográfica le proporciona herramientas suficientes para abordar un documental de estas características, pegado a la realidad pero con un punto de vista original, que denota una personalidad inquieta y creativa.

La película tiene la estructura de un recorrido a lo largo y ancho de la urbe, con paradas en algunas de las calles y barrios más representativos. Son 35 kilómetros de travesía por agua y por tierra, desde la llegada a París por vía fluvial hasta el deambular por el centro y vuelta al Sena, incluyendo vistas panorámicas en lo alto de algunas edificaciones. La variedad de ángulos y de tamaños de plano confiere al film un lenguaje vivo y muy dinámico, puesto que la cámara nunca deja de trasladarse mediante movimientos horizontales y verticales que definen las formas de cuanto hay alrededor. Son imágenes que huyen del álbum de postales y buscan atrapar el momento preciso, adquiriendo significado en el montaje. Hay belleza en los encuadres y en su articulación, pero también hay un retrato social que distingue a los parisinos acaudalados y los humildes, según el espacio urbano que ocupan.

Así, la perspectiva que aplica André Sauvage contiene múltiples dimensiones: la etnográfica, la artística, la geográfica, la histórica... y la poética, con escenas de gran fuerza plástica como el paso subterráneo del Sena iluminado por los tragaluces. De cuando en cuando, el director galo aúna recursos técnicos y estéticos para introducir elementos de irrealidad (movimientos invertidos, velocidad rápida y lenta) y metáforas visuales (el detalle de la mano que mece una venerable barba en la secuencia del Panteón). En ambos casos se trata de métodos para romper una contemplación pasiva que estimule al espectador y cambie su condición de turista en la butaca. Son destellos del cine que tenía dentro Sauvage y que pudo desarrollar tan poco, lo suficiente para que Estudios sobre París deba incluirse en cualquier selección de sinfonías urbanas. Es una de las más accesibles dentro del género y también de las más gozosas.

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LOS AÑOS DE SUPER 8. "Les années Super 8" 2022, Annie Ernaux y David Ernaux-Briot

La escritora Annie Ernaux traslada por primera vez su literatura experiencial al cine, en este documental que firma junto a su hijo David Ernaux-Briot. Los años de Super 8 surge de la recuperación de unas filmaciones caseras que Philippe Ernaux, exmarido y padre respectivamente, realizó entre los años 1972 y 1981 en escenarios domésticos y en diferentes viajes con la familia. Las imágenes granuladas y en silencio sirven como soporte a la voz en off de Annie, que narra con su habitual estilo sobrio y sencillo (que no simple) mucho más de lo que muestra la pantalla: el ideal de una pequeña burguesía anclada en los roles de género que asiste a los cambios políticos que se producen alrededor y el alumbramiento de una autora que, tiempo después, obtendrá los mayores reconocimientos.

La concordancia que se establece entre el lenguaje visual y el relato íntimo define la película, a la manera de Nuria Giménez Lorang en My Mexican Bretzel, con la diferencia de que todo lo que se cuenta en Los años de Super 8 es real. Al igual que sucede en sus libros, el material creativo que emplea Annie Ernaux es su propia biografía, fragmentos de sus diarios y recuerdos que adoptan un nuevo significado al materializarse en fotogramas restaurados para la ocasión. Es un discurso personal que también es político, porque expone la condición de muchas mujeres de aquella época relegadas a la función de cuidadoras y organizadoras del hogar. La cámara de Super 8 que el matrimonio adquiere recién iniciada la treintena (y que él siempre maneja) fija una mirada que ahora, cuatro décadas después, cambia de ojos: del hombre que registra la realidad a la mujer que la desvela.

Esta interpretación de los hechos no es solo discursiva, también es fílmica, por medio del montaje. Tanto la selección de los planos como su coherencia narrativa dotan de identidad a la película y expanden el universo interior de Annie Ernaux al terreno del cine, en este documental de emotividad contenida que resulta directo, sereno y lúcido. Cualidades que están presentes en la obra de la escritora francesa y que encuentran un espacio nuevo en la pantalla.

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SURO. 2022, Mikel Gurrea

La vitalidad de una cinematografía se mide, entre otras cosas, por la capacidad de prestar atención a las cuestiones del presente y de reflejar en la pantalla los distintos ángulos de la realidad. El cine español reciente cuenta con numerosos ejemplos, muchos de ellos son primeras películas como El aguaCinco lobitos o Cerdita, estrenadas en 2022. El hecho de que estos títulos hayan inaugurado las carreras de sus respectivas directoras no implica inseguridad ni titubeo, al contrario: son trabajos que exhiben confianza y a menudo demuestran una larga experiencia adquirida en diversos medios, como es el caso de Suro. Su autor, Mikel Gurrea, llega curtido tras una extensa labor en el cortometraje y la publicidad, lo cual le lleva a asumir retos como es filmar en cuatro idiomas diferentes en pleno entorno natural del Alto Ampurdán, en Girona.

Aunque el guion que escribe junto a Francisco Kosterlitz adopta hechuras de género, tiene un trasfondo social que habla de preocupaciones actuales como son las condiciones del sector agrario, la inmigración irregular, la recuperación del patrimonio rural en zonas despobladas... y sobre todo, las relaciones de poder en el ámbito profesional y en el privado. Todo ello a través de una pareja de urbanitas interpretada por Vicky Luengo y Pol López, que decide trasladarse a una propiedad heredada en mitad de un alcornocal. Los temas expuestos en Suro (que significa corcho en catalán) nunca caen en la evidencia y esquivan las moralejas fáciles, pues los conflictos humanos que afectan a los personajes se plantean bajo las claves del thriller dramático. También en la puesta en escena.

Gurrea emplea un estilo visual dinámico que da importancia a los detalles, con una planificación rica en ángulos y tamaños, siempre al servicio de la narración. El ritmo preciso que Ariadna Ribas imprime en el montaje y las imágenes fotografiadas por Julián Elizalde conducen el relato aportando identidad a la película, lo cual se agradece. Suro no pretende inventar el cine pero sí distinguirse de otros films semejantes, gracias a la fragmentación del tiempo y del espacio que lleva a cabo Mikel Gurrea.

Basta ver las elipsis que marcan el paso del tiempo como la manera de representar determinadas situaciones, mediante planos cortos que eluden mostrar la acción en su totalidad (el sacrificio del burro, el accidente en el bosque), para percibir la mirada selectiva del director. Muchas veces queda en manos del público juzgar el comportamiento de los personajes, cuya ambigüedad se hace efectiva gracias a la afinada labor de los actores. Así, los méritos artísticos de Suro se suman a los técnicos hasta culminar en un desenlace inspirado y lúcido, capaz de abrir puertas a otro film que sucede en la mente del espectador después de los títulos de crédito. Es lo mejor que se puede decir de esta opera prima que maneja con destreza los pocos elementos de los que dispone y que, sin duda, hubiera merecido mayor atención de la prestada.

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UNA CIUDAD EN SU ADOLESCENCIA: INFORME SOBRE CHICAGO "Chicago. Weltstadt in flegeljahren" 1931, Heinrich Hauser

Al igual que muchos otros intelectuales alemanes, Heinrich Hauser se vio obligado a abandonar su país a finales de los años treinta a causa del régimen nazi. Aunque principalmente fue conocido como escritor y periodista, también tuvo un fuerte vínculo con el cine al intervenir en numerosas producciones como actor, si bien su principal aportación fue haber dirigido Una ciudad en su adolescencia: informe sobre Chicago. Se trata de una de las sinfonías urbanas que fructificaron en aquellos tiempos por parte de autores europeos con capacidad de observación, interés etnográfico y ganas de experimentar. Hauser captura con su cámara la energía de la gran metrópoli de Illinois, y lo hace con la mirada propia de un cineasta y la elocuencia de un literato.

La película guarda semejanzas y diferencias respecto a otras del mismo género. Por ejemplo, tiene en común con Berlín, sinfonía de una ciudad o En primavera la fascinación por el movimiento y lo mecánico, las masas de gente, las composiciones geométricas de los encuadres y el montaje. Una ciudad en su adolescencia narra en primera persona las impresiones del director al visitar la ciudad, desde que llega en barco surcando el Mississippi hasta el retrato de las personas que posan frente a su cámara antes de marcharse. El elemento humano aparece siempre representado en relación al espacio, hay una búsqueda constante de explicar los lugares a partir de la vida y el trabajo de los habitantes de la urbe. Pero Hauser no se detiene en la contemplación e insufla su discurso de un aliento poético no exento de contradicciones, ya que su visión alterna el amor y el odio. Como buen viajero, se cuestiona el significado de lo que ve aplicando la extrañeza y el descubrimiento permanente. Sin embargo, hay algo que Hauser introduce (puede que por primera vez) en esta clase de películas, y es el lado menos amable de la ciudad. Es habitual que las sinfonías urbanas exhiban los avances de las sociedades modernas y que incluso desprendan entusiasmo por lo que filman hasta el punto de idealizarlo. Esta es la actitud que mantiene Hauser al principio, cuando es seducido por los medios de transporte y el vigor industrial, pero poco a poco va adentrándose en las entrañas de Chicago y pone el foco en los barrios arrasados por la Gran Depresión. Así, se fija en los borrachos que adormecen sus penurias con líquido anticongelante, los desempleados y los que tratan de vender cualquier cosa en el mercado... y la población negra, tan rara de ver en las pantallas de aquellos días y aquí tan presente.

Heinrich Hauser observa estas realidades con ojos menos estilizados que sus contemporáneos y una retórica más contenida, que amortigua la fragmentación que suele caracterizar el montaje de las sinfonías urbanas, sin renunciar por ello a sus posibilidades expresivas. En suma, Una ciudad en su adolescencia es un ejemplar bello y accesible dentro de esta modalidad del cine en la que están tan cercanos el arte y el documental.

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CLOSE. 2022, Lukas Dhont

Con apenas dos largometrajes y un puñado de cortos, Lukas Dhont ha demostrado ser un cineasta interesado en explorar las complejidades del género y la identidad. También los problemas asociados a la juventud en su tránsito hacia la madurez, como bien certifica Close. Un drama minimalista que tiene la virtud de estar pegado a la realidad y retratar un dolor común en todas las sociedades, sin recurrir por ello a golpes de efecto ni a los artificios habituales que se emplean para generar emoción. Al contrario, Dhont hace uso del comedimiento y nunca relaja el respeto que siente hacia los personajes, que es el mismo que aplica al espectador.

Conviene no desvelar los aspectos de la trama que hacen de Close una tormenta controlada. Basta decir que los protagonistas son adolescentes que tratan de descubrirse a sí mismos en medio de las imposiciones que les dicta el entorno, son chicos privilegiados (sin carencias afectivas ni materiales, que viven en un lugar favorable a su desarrollo), lo cual, sin embargo, no les protege de los modelos preconcebidos de relación que coartan su libertad. Es una película que trata del sujeto, y por eso el punto de vista no se aparta del personaje principal y todo está filmado tratando de transmitir lo que piensa y siente en cada momento, empleando los recursos de la imagen (planos cerrados, subjetividad) y el sonido (por ejemplo, los efectos que refuerzan su desconcierto en algunas escenas de tensión).

Close está rodada en formato de 4/3, precisamente para ilustrar la estrechez del marco en el que se mueven los personajes, en referencia al título del propio film. La fotografía de Frank van den Eeden es muy sutil en el tratamiento de los colores, las luces y las sombras, creando espacios de intimidad cuando el relato lo requiere, o reflejando los escenarios belgas donde sucede la acción. Pero nada de esto tiene efectividad si delante de la cámara no hay intérpretes capaces de hacer creer al público las inquietudes de Léo y Rémi, los jóvenes protagonistas, acompañados de los actores adultos. En este sentido, Close es uno de esos milagros cinematográficos que se sostienen sobre la labor de unos actores no profesionales que eclosionan en la pantalla y que la impregnan de verdad y frescura, junto a la labor de otros que cuentan con trayectorias reconocidas, como Émilie Dequenne. Ellos son el paisaje humano de esta película que acierta en abordar un tema de plena vigencia, el cuestionamiento de los cánones tradicionales de masculinidad, sin estridencias ni moralejas fáciles. La confirmación de que en Lukas Dhont hay un autor a tener en cuenta dentro del panorama europeo.

A continuación, uno de los temas que integran la música compuesta por Valentin Hadjadj. Al igual que ocurre con el resto de la banda sonora, los sonidos de cuerda conducen la narración, aunque en esta pieza el oboe adopta un papel destacado, como representación del personaje de Rémi. Relájense y disfruten:

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SINTIÉNDOLO MUCHO. Fernando León, 2022

Para hacer un documental interesante sobre una persona interesante no basta solo con situarla delante de la cámara y ponerse a filmar. Es necesario buscar una forma de narrar el relato que se salga de lo preconcebido, encontrar los puntos de tensión y de distensión, escuchar a las voces adecuadas para recabar información, elegir el punto de vista y contrastarlo con otros... en suma, huir del retrato amable destinado a convencer a los ya convencidos. El cineasta Fernando León ha grabado al cantautor Joaquín Sabina durante periodos dispersos a lo largo de trece años, sin una meta marcada más que la del acompañamiento. Al final, da la sensación de que se han juntado partes del material recopilado, se han montado con cierta coherencia y se han presentado como una película titulada Sintiéndolo mucho sin que se adivine pasión en el resultado.

Lo cual es decepcionante, porque no se trata del primer documental que dirige León, aunque sí es el primero que tiene un claro carácter personalista. En sus anteriores películas de no ficción, cobraba gran importancia el contexto y el dibujo de un paisaje social que influía en los detalles. Aquí, sin embargo, todo está contemplado bajo el mismo foco y se transmite la sensación de ser un trabajo protocolario, terminado con desgana y antes de que reincidan los problemas de salud que han afectado al protagonista en los últimos tiempos. Y es que el septuagenario Sabina ha vivido un importante deterioro a causa de los excesos acumulados, la enfermedad y los accidentes, algo que queda patente en el documental. El retrato que se ofrece de él es el de un señor avejentado (mucho más que Serrat, compinche y hermano mayor en el escenario) que parece empujar a León a dibujar un perfil complaciente y algo lastimero, al borde del patetismo. La diferencia que se aprecia entre las imágenes del presente y las de apenas una década atrás subraya el estado precario del protagonista, quien trata de mantener el tipo entre ocurrencias ingeniosas, tragos de licor y bocanadas de humo... es Sabina haciendo de Sabina, pero en estado de derribo anticipado.

Sus numerosos seguidores quedarán complacidos con la película, mientras que el resto del público es probable que se sienta indiferente ante lo que muestra la pantalla. León divide la narración en diversos bloques (el recuerdo del famoso concierto del 86 en el Teatro Salamanca, el homenaje en Úbeda, los nervios antes de actuar, la caída del escenario en el Wizink de Madrid...) que se suceden sin orden cronológico formando una especie de mosaico que completa la figura del personaje. Al menos, ese parece ser el propósito. Pero hay tanto de lo que no se habla, que la selección de escenas que integran el montaje se antoja sesgada y condescendiente, como queriendo evitar pisar cualquier charco. Apenas se menciona nada de composición musical ni de proceso artístico, de filiaciones políticas ni de compañeros de viaje, de depresión... es evidente que Fernando León no ha querido contar la biografía completa de Joaquín Sabina sino capturar la fotografía de un instante, la etapa final de un creador con una larga carrera a sus espaldas.

Así, Sintiéndolo mucho tiene algo de oportunidad perdida. Ni siquiera la presencia del director en la película ofrece ningún estímulo, ya que no interviene más que como oyente que asiente a las palabras de Sabina, una especie de convidado de piedra que no trasluce la complicidad que se presupone detrás de la cámara. León carece del carácter expansivo y locuaz de un Michael Moore, por ejemplo, ni falta que le hace... pero cuesta entender su decisión de figurar en el plano sin contribuir con ello a la trama. Es una lástima, y tal vez una relación más constatable entre León y Sabina (al estilo de lo que hicieron Wenders y Ray en Relámpago sobre agua) hubiera podido reflotar el pesado barco que es Sintiéndolo mucho para navegar ligero y llegar a mejor puerto.

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TÁR. 2022, Todd Field

Dieciséis años han tenido que pasar para que Todd Field vuelva a dirigir una película después de aquel fogonazo deslumbrante que fue Little children. Tal vez sea demasiado tiempo, o tal vez es que hay obras que evolucionan a su ritmo, sin ceder a las presiones de la industria y el mercado. Lo que es evidente es que no se alcanza con facilidad un nivel de sofisticación y un dominio de la puesta en escena como el que luce Tár, tercer largometraje de Field en un periodo de dos décadas.

El director continúa indagando en las complejidades de la condición humana, esta vez desde un ámbito distinto al de sus trabajos anteriores. Si In the bedroomLittle children exploraban las contradicciones de la clase media estadounidense, plena de bienes materiales pero insatisfecha en su desarrollo personal, la historia que cuenta Tár está poblada por una élite cultural que parte de una situación privilegiada y se encamina hacia su particular descenso a los infiernos. En especial el personaje principal de Lydia Tár, interpretado con maestría por Cate Blanchett, quien arrastra en su obsesión a todos los que gravitan a su alrededor. La actriz da vida a una reconocida directora de orquesta que afronta una grabación importante en su carrera, es una hembra alfa que se mueve a sus anchas en un mundo muy exigente y competitivo, hasta que la llegada de una joven instrumentista y los trágicos acontecimientos de una relación anterior comienzan a resquebrajar su seguridad y su posición de dominio. El guion escrito por Field incluye agudas reflexiones en torno al arte y su vínculo con las sociedades del pasado y del presente, además de ser un ensayo acerca de las relaciones de poder. Pero sobre todo, Tár es una película que trata sobre la percepción. La protagonista marca el punto de vista del relato y guía al espectador a través los recovecos de una mente en estado de demolición, sin abandonar nunca la subjetividad.

La dificultad que entraña una historia de este calado es que existe la tentación de hacer un retrato efectista del pathos (como hizo Aronofsky en Cisne negro, por ejemplo). En lugar de eso, Field opta por la contención y conduce con mesura tanto el relato como las imágenes. Cada una de sus decisiones mantiene la coherencia narrativa fundiendo fondo y forma, sirva como ejemplo la escena del primer acto en que la protagonista imparte clase: el hecho de que esté filmada en un largo y complejo plano secuencia no equivale a una exhibición visual como sucede con otros directores, porque en el tercer acto se hace alusión a la misma escena, esta vez cortada y manipulada para cambiar su sentido, dando oportunidad al público de contrastar diferentes apreciaciones de un único momento.

Así, algunas de las situaciones más dramáticas que sirven de quiebro (el ataque que sufre Lydia, el personaje de Krista Taylor, la decisión de los accionistas de la Filarmónica de Berlín) suceden fuera de plano y mediante elipsis, lo que convierte a Tár en dos películas que evolucionan en paralelo: una que se muestra en la pantalla y otra que no se ve pero que ocurre en la cabeza del público. La primera es de una calma tensa, mientras que la segunda expande en el subconsciente su violencia soterrada hasta filtrarse en los fotogramas, lo que convierte el visionado del film en un ejercicio apasionante. Hay instantes sonoros (los ruidos nocturnos que desvelan a Lydia, el grito en el parque) que no se concreta si son reales o imaginados, y esa indefinición es lo que hace que resulten estimulantes y no un simple artificio para mantener la atención.

En definitiva, Tár funciona como un volcán humeante que amenaza con erupcionar durante sus ciento sesenta minutos de metraje. Es la representación fría de una Lady Macbeth contemporánea, una mujer cubierta de aristas cuyos demonios son apaciguados por la dirección precisa de Todd Field y la fotografía también comedida de Florian Hoffmeister. Pero Tár es, sobre todo, un recital de Cate Blanchett en estado de gracia, que da soluciones precisas a todos los desafíos que propone el film. Junto a ella brillan Noémie Merlant y Nina Hoss, dentro del reparto internacional de esta producción rodada en su mayor parte en Alemania. El tercer paso de un cineasta que recorre un camino breve pero muy intenso, un recorrido sin atajos que avanza con una determinación y un rigor pocas veces vistos antes.

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SIN NOVEDAD EN EL FRENTE. "Im westen nichts neues" 2022, Edward Berger

Dentro de los géneros cinematográficos, hay un tipo de drama que ha fructificado de un tiempo a esta parte y que se podría denominar experiencial, consistente en hace vivir al espectador las calamidades que sufre el o la protagonista. Los medios para conseguirlo son la subjetividad del punto de vista y el empleo de herramientas visuales y sonoras que provocan la sensación de estar en el lugar y en el momento de la ficción. De ahí que abunde el plano secuencia y se explote la noción de movimiento, ya que son películas en las que la acción evoluciona durante el recorrido del espacio físico. Basta observar la cartelera de la última década para encontrar diversos ejemplos: GravityEl renacido, Victoria, Utoya. 22 de julio1917... en concordancia con este último título, se podría sumar a la lista Sin novedad en el frente, una epopeya bélica situada en la I Guerra Mundial que adapta la novela de Erich Maria Remarque.

Hay atrevimiento en la decisión de retomar dicha obra literaria, ya que existe una versión previa de 1930 que es una de las cimas del género, un monumento fílmico dirigido con maestría por Lewis Milestone. Más de noventa años después, es Edward Berger quien se encarga de actualizar el relato a los nuevos tiempos. ¿En qué consiste esta renovación? Básicamente, en multiplicar la violencia y en hacer explícito el horror del combate. Berger potencia los elementos trágicos hasta casi borrar los atisbos de humanidad que servían de contrapeso en la película anterior, lo que convierte a la nueva Sin novedad en el frente en un derroche de fluidos corporales mezclados con el barro del campo de batalla. Hay quien podría llamar a esto realismo, y no estaría equivocado, si no fuera porque la verosimilitud no se adquiere solo a través de lo representado. También están las decisiones de la representación, es decir: la elección de los emplazamientos de cámara, los encuadres, la iluminación, el montaje... aquí es donde Berger toma partido y repite los tópicos que suelen simplificar a esta clase de películas, basados en subrayar la perfidia de los personajes malos y el candor de los buenos.

Vayamos primero a las evidencias. Es evidente el desprecio que inspiran los altos cargos militares que no ensucian nunca sus uniformes y que arrojan a los perros la comida que les sobra, del mismo modo que es evidente la compasión que inspiran el hambre y el sufrimiento de los soldados rasos que son enviados al frente para morir. Incluso si estos forman parte del ejército invasor, porque son apenas críos embaucados por las soflamas patrióticas de una estrategia política que no comprenden. Y puesto que ambos perfiles son evidentes (lo cuenta la historia, lo muestra la pantalla) no es necesario acentuarlo mediante el énfasis de las imágenes, a menos que se quiera practicar el ejercicio manierista o el panfleto ideológico, ambos contrarios al naturalismo. Así, Edward Berger embellece el estilo visual de Sin novedad en el frente mediante angulaciones y distancias focales que no tienen otro fin que el estético, lo que termina por banalizar un conjunto que busca trascender.

A pesar de sus debilidades, es justo reconocer los logros de esta ambiciosa producción alemana, cofinanciada con capital norteamericano y distribuida a nivel internacional por Netflix. La película brilla en los apartados técnicos y llega a asumir algún riesgo, como es la música anacrónica que potencia la tensión de muchas escenas. Sin embargo, las altas aspiraciones del director terminan por ahogar las posibilidades narrativas de la película, puesto que se invierte menos esfuerzo en desarrollar el guion que en crear situaciones de impacto. Es una lástima que uno de los aspectos más interesantes del film, como son las negociaciones por el armisticio, no tenga mayor fuerza y quede supeditado a la función de contrapunto para reforzar la perspectiva histórica. Y es que la adaptación remozada de Sin novedad en el frente se presenta como un testimonio del pasado que adquiere nuevos ecos en el presente, debido a los conflictos armados que asolan Europa y el mundo entero. La prueba irrefutable de que el ser humano posee la extraña obsesión de repetir sus errores, tal vez para perfeccionarlos.

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EL AGUA. 2022, Elena López Riera

Con pasos firmes y atentos, la directora Elena López Riera va recorriendo a través de su cine el mapa físico y mental de su tierra, Orihuela. Esta población de la provincia de Alicante ha aparecido en sus anteriores cortometrajes y vuelve a ser el escenario de El agua, su primera película larga, que consigue sacar adelante gracias a un programa de colaboración europeo que implica a España, Francia y Suiza. No deja de ser curioso que la alianza económica y artística de estos tres países dé como resultado una obra tan arraigada al lugar donde ha sido filmada y con una idiosincrasia de fuerte carácter local. Lo cual prueba que el cine en sí mismo es un espacio común donde convergen ideas y relatos, da igual su procedencia. El agua está en plenitud de las dos cosas.

Lo primero que llama la atención de la película es la convivencia orgánica entre realidad y ficción. López Riera y su coguionista Philippe Azoury (quien también interpreta un papel en el film) inventan una leyenda que relaciona a las mujeres oriolanas con el fenómeno de las riadas que cada cierto tiempo anegan el territorio. El mito y la naturaleza se funden en la trama y condicionan la forma de la película, a medio camino entre el costumbrismo documental y la fantasía esotérica. La directora consigue que este híbrido de géneros y de estéticas se materialice en la pantalla sin que parezca forzado y bajo una sencillez solo aparente, ya que conlleva un gran trabajo de observación que se manifiesta en los detalles. El agua muestra ritos de fe (la cura del mal de ojo, la vigilia de la Virgen) y ritos paganos (la competición de palomos, la rave de música electrónica) que se alternan con fluidez y marcan el día a día de los personajes, en mitad de un verano carente de estímulos.

El paisaje que dibuja López Riera evita la postal mediterránea y se fija en esos rincones que suelen pasar desapercibidos: bares de carretera, gasolineras, polígonos industriales, calles abandonadas por vecinos que se pueden permitir viajar a la playa... sin embargo, la directora y Giuseppe Truppi, el responsable de la fotografía, consiguen crear una identidad visual a través de los encuadres, la luz y el montaje (que firma Raphaël Lefèvre) y dotan a las imágenes de un carácter misterioso y al mismo tiempo cercano. Hay escenas como la del regreso nocturno a través del palmeral o el baño de la abuela que son un buen ejemplo. Estos momentos de intimidad se intercalan con otros que adoptan el lenguaje del documental, con la participación de personas del pueblo que ofrecen su testimonio a cámara y la inclusión de material de archivo, proveniente de la televisión y de grabaciones amateur de dispositivos móviles. López Riera suma así una mirada antropológica a la fábula que tiene entre manos, un reflejo directo de los usos y costumbres de un emplazamiento físico que, además, es humano, ya que la película incluye un buen número de actores nativos no profesionales.

Pero sobre todo, El agua es un alegato que defiende el derecho de las mujeres de la zona a mantener su libertad y vivir su deseo sexual sin ser juzgadas. Bárbara Lennie, Nieve de Medina y la debutante Luna Pamiés son actrices de diferentes generaciones que encarnan a una familia sin hombres y sobre la que pesa una especie de maldición en el pueblo. Son brujas contemporáneas y orgullosas, que dan vida al discurso feminista que Elena López Riera despliega de manera sutil hasta la llegada del final. Solo entonces, la joven protagonista mira a cámara y su voz en off interpela al público para que tome partido. El drama que ha ido fluyendo a lo largo del metraje se vierte en un desenlace abierto, que es también una proclama y una declaración de intenciones. El agua se solidifica así en una de las operas prima más estimulantes y prometedoras del reciente cine español, que revela la visión propia de una autora en ciernes, a la que habrá que seguir muy de cerca.

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LOS FABELMAN. "The Fabelmans" 2022, Steven Spielberg

Algún día se hablará de las películas de este tiempo definidas por la nostalgia, y no será con palabras amables. La nostalgia está siempre bajo sospecha. Suele venir emparejada con la crisis de ideas y la falta de creatividad, con el agotamiento, la reiteración... tal vez de manera injusta, porque también es necesario mirar atrás de vez en cuando, para ubicar el presente y para proyectar el futuro. O para dejar constancia y construir memoria. Con mayor o menor fortuna, hay directores como Richard Linklater o James Gray que han situado sus últimos films en un pasado conocido, y otros como Quentin Tarantino o Damien Chazelle que han ido más atrás, hacia épocas que no son las suyas pero que conforman un ideal de memoria cinéfila. Luego están los autores que narran sus tempranas biografías sin personajes interpuestos, como Kenneth Branagh o Pedro Almodóvar. Estos últimos se adentran en un terreno poco explorado de la nostalgia en el cine y que es doblemente peligroso, por ser proclive al narcisismo y la sensiblería, como es el relato en primera persona del nacimiento de una vocación.

Steven Spielberg toma este último camino en Los Fabelman, sin desvelar demasiados secretos. Él mismo ha contado muchas veces detalles de su infancia y juventud cuando le han preguntado por ello, quien haya visto el documental que Susan Lacy le dedicó en 2017 lo habrá podido comprobar. Una parte de lo que allí constaba vuelve a aparecer en Los Fabelman, esta vez empleando el lenguaje de la ficción, para dar forma argumental a los recuerdos recopilados por el propio Spielberg en compañía de Tony Kushner, su guionista habitual de los últimos años. Esta es la tercera vez que el director asume también la escritura (las dos anteriores fueron Encuentros en la tercera fase e Inteligencia artificial, aparte de Poltergeist), dando continuidad al inventario de familias desestructuradas que conforman su cine y con las que trata de exorcizar sus demonios internos. Los adeptos reconocerán muchos episodios de la trayectoria de Spielberg (las primeras grabaciones de trenes eléctricos y los posteriores ejercicios amateur, la separación de los padres, el antisemitismo), son momentos que no reflejan literalmente los hechos sino que los adaptan a las conveniencias de la narración, casi a modo de fábula. Como tantas veces sucede en la filmografía del director, Los Fabelman es una epopeya norteamericana de clase media que ensalza la figura del self-made man, solo que en esta ocasión todo transcurre justo antes de alcanzar el éxito. La trama describe el tránsito hacia la madurez de un chico que aprende a superar las adversidades, guiado por las consignas que le inculca su madre, del tipo "sé tú mismo" o "todo pasa por algún motivo". Nada nuevo, lo cual explica que la película adquiera relevancia cuando se sale del carril convencional y entra en la reflexión soterrada, sin subrayados. Buen ejemplo de ello se produce en la escena de la proyección en el instituto, cuando el protagonista descubre la capacidad de influir en las personas según la manera de filmar. Eso es lo que lleva haciendo Spielberg desde hace cinco décadas y lo que le destaca como un cineasta de extraordinarias cualidades.

Si bien Los Fabelman no se encuentra entre sus mejores títulos, se disfruta de principio a fin gracias a su milimétrica puesta en escena y al sentido del humor capaz de aliviar la tragedia doméstica que vive Sammy, el alter ego del joven Steven encarnado por Gabriel LaBelle, a causa del matrimonio fracasado de los padres, a quienes dan vida Michelle Williams y Paul Dano. El sentimentalismo es el talón de Aquiles del director y aquí vuelve a dejarlo al descubierto, sin que suponga un problema grave... aunque el énfasis en algunos momentos (el hallazgo en la moviola de la infidelidad materna, con esa cámara inquieta y manierista) y en la interpretación de los actores (en especial de Dano) no contribuye a redondear el conjunto. Spielberg nunca ha practicado un cine realista, ni siquiera cuando se basa en historias verídicas. Pero sí trata de ser creíble, por muy fantásticas que sean las aventuras que relata. En Los Fabelman hay una intención de sublimar la memoria a través de la estética, como muestra la escena del baile nocturno de la madre frente a los faros del coche. Y es que Spielberg idealiza las imágenes hasta el borde de lo relamido, por medio del tratamiento visual que Janusz Kaminski aporta a la fotografía y Michael Kahn al montaje. Más allá de la técnica impecable y de la planificación perfecta, el genio de Spielberg brilla en determinados instantes en los que irrumpe la inspiración y la sorpresa, como el plano de inicio en el que se presentan los personajes, o el plano final en el que el protagonista sale a caminar entre los edificios del estudio. Son fogonazos que llevan el sello de su autor y que alumbran los rincones de la película, proporcionando al espectador esa impresión tan genuina de estar viendo cine, simple y llanamente.

En este sentido, hay un cine intrínseco al estilo de Spielberg y un cine al que se alude, que son sus influencias declaradas: Cecil B. DeMille, el género bélico, el western y, sobre todo, John Ford, quien aparece representado de manera inesperada al final de la película por David Lynch. El legendario cineasta adopta la categoría de un Mago de Oz que revela al recién llegado el secreto de hacer cine, que no es otro que saber mirar.

A continuación, un emotivo vídeo que celebra los cincuenta años de colaboración entre Steven Spielberg y John Williams, cumplidos con Los Fabelman. Coincidiendo con la composición de esta música, el maestro nonagenario ha anunciado su retiro, cerrando así una de las alianzas artísticas más fructíferas y brillantes de la historia del cine.

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SILS MARIA. 2014, Olivier Assayas

Es difícil encontrar líneas maestras o claves de estilo en el cine de Olivier Assayas. En las últimas cuatro décadas, su trayectoria ha estado marcada por el eclecticismo y por la búsqueda constante de temas que son una exploración del propio cine. Por eso no es extraño su interés por retratar las contradicciones de la realidad y la ficción, así como la convivencia de lo personal y lo creativo personificada en escritores (Dobles vidas) o en actrices (Irma Vep). A estas últimas vuelve en Sils María, película capital dentro de la obra del director francés y en la que demuestra un grado de perfeccionamiento pocas veces alcanzado antes.

Lo primero que destaca de Sils María es su propuesta de metaficción a varios niveles, ya sean internos (personajes que representan a actrices) como externos (actrices que representan a personajes que representan a actrices). Detrás de este trabalenguas hay una reflexión profunda sobre la conducta humana, con una idea fundamental: las relaciones íntimas son también relaciones de poder. Juliette Binoche y Kristen Stewart encarnan, respectivamente, a una reputada actriz y a su asistente personal, un preámbulo del rol que luego interpretará Stewart en Personal shopper, el siguiente film de Assayas. Es emocionante contemplar en la pantalla el trabajo conjunto de ambas mujeres de nacionalidades y generaciones distintas, a las que se suma en el tercer acto Chloë Grace Moretz. El guion de Sils Maria establece un juego de espejos entre los personajes en el que a veces convergen las miradas y otras se distorsionan, con diálogos certeros y un inteligente uso de la elipsis que hace que el conjunto resulte muy sugerente.

Olivier Assayas consigue que el peso del texto no se imponga sobre las imágenes y dota a las palabras de la puesta en escena adecuada. La planificación es muy dinámica sin que se llegue a notar demasiado, lo cual es una virtud porque no distrae de lo esencial, que es el relato. Para ello, Assayas cuenta con la buena labor de sus dos colaboradores habituales durante los últimos tiempos: Marion Monnier y Yorick Le Saux. La primera lleva a cabo un montaje muy inteligente que en determinados momentos asume ciertos riesgos expresivos (las imágenes superpuestas de Stewart regresando en coche durante la madrugada) y que permite que las conversaciones y los detalles crezcan. Por su parte, Le Saux saca el máximo partido a la fotografía y dota de identidad a cada escenario, ya sean interiores o exteriores. Y es que el espacio es otro de los elementos primordiales de la película, ya desde el mismo título.

Sils María hace alusión a un paisaje montañoso en el sureste de Suiza, cerca de la frontera con Italia, donde se materializan los vínculos de los personajes. La naturaleza geográfica se funde con la humana y culmina en un fenómeno climatológico denominado la serpiente de Maloja, exclusivo de la zona y que en la película presagia un empeoramiento que no es solo atmosférico, también afecta a las protagonistas. La belleza de estas imágenes admite poca comparación y sublima la intimidad individual, recogiendo la herencia del romanticismo centroeuropeo. Por todo ello, Sils María es con probabilidad la película más redonda y compacta de un director que no suele amoldarse a fórmulas y que huye siempre de lo convencional, en esta ocasión acompañado de dos actrices en estado de gracia.

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TORI Y LOKITA. "Tori et Lokita" 2022, Jean-Pierre y Luc Dardenne

No es la primera vez que el cine de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne se adentra en el drama de la inmigración irregular. Títulos como La promesa, El silencio de Lorna o La chica desconocida han reflejado esta problemática desde distintas perspectivas, pero seguramente nunca antes con la rotundidad y la aspereza de Tori y Lokita, un mazazo para la conciencia del público acostumbrado a escuchar noticias terribles en los informativos sin llegar nunca a sentirse concernido por lo que le cuentan. Para eso se hacen películas así: para dejar constancia de lo que sucede en las orillas del estado del bienestar, de modo crudo pero sin sensacionalismo, apelando a la empatía pero sin masajear el ego de las buenas intenciones. Es un equilibrio complejo que los dos cineastas belgas practican de manera ejemplar, más teniendo en cuenta que ambos bordean los setenta años y no muestran síntomas de acomodarse.

El argumento de Tori y Lokita sigue los pasos de dos jóvenes que conviven en un centro de internamiento y que tratan de salir adelante aceptando trabajos precarios, trapicheando y enfrentándose a los requisitos legales que les impiden regularizar su situación. La película comienza como una crónica social y termina convertida en un thriller de consecuencias trágicas, próxima al género de terror. Todo narrado con un naturalismo que traspasa la pantalla y que evita el maniqueísmo y la propaganda de la miseria en la que incurren otras producciones de vocación samaritana. No, los directores sienten el máximo respeto por los personajes y por el público, tendiendo un puente entre ambos sostenido por la mirada.

Y es que la mirada contiene una gran importancia en el cine de los Dardenne. Lo que mira el espectador y lo que miran los personajes no siempre coincide, hay un espacio intermedio que debe ser completado a través de elipsis (la escena de Tori escondido bajo la cama de Lokita mientras es extorsionada) o del fuera de campo (el encuentro final entre el captor y su presa en la carretera). Estos y otros muchos momentos inciden en el punto de vista como recurso que unas veces niega y otras acompaña, siempre y cuando se cuente con la complicidad de quien ocupa la butaca. Por eso es un cine tan estimulante, porque hace trabajar al cerebro a través de los detalles y sin abandonar nunca la emoción.

La imagen inicial que abre el film es un primer plano de Lokita. Después habrá muchos más porque el plano corto es la herramienta perfecta para apoyar todo lo dicho antes. Del mismo modo, la cámara en mano y la puesta en escena siempre en favor del verismo refuerzan la credibilidad del relato, a lo que contribuyen las interpretaciones de los actores, que en el caso de los protagonistas no son profesionales. Tori y Lokita perpetúa el estilo de los hermanos Dardenne y supone un nuevo eslabón dentro de una cinematografía exigente, pulcra y sin concesiones, que parece más una misión en la vida que una dedicación laboral.

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DIAL 1119. 1950, Gerald Mayer

A primera vista, podría parecer que Gerald Mayer es un caso más de nepotismo dentro de la industria del cine. Con treinta años debutó en la dirección auspiciado por el estudio Metro-Goldwyn-Mayer, uno de los más importantes durante la primera mitad del siglo XX, que era propiedad del todopoderoso Louis B. Mayer... a la sazón, tío de Gerald. Sin embargo, el director novato no contó con un gran presupuesto ni con estrellas en el cartel. Al contrario: Dial 1119 es un noir de serie B que sitúa buena parte de la acción en escenarios únicos y con un grupo reducido de personajes. Lo cual no le impide ser una película contundente y certera, que sin duda merece más reconocimiento del que ha tenido a lo largo de los años.

El guion escrito por John Monks Jr. comienza como un mosaico de situaciones dispersas que sirve para presentar a los personajes: una mujer de mediana edad que todavía vive con su madre y que desea disfrutar de una escapada de fin de semana, un periodista harto de no dar nunca con noticias relevantes que abandona el periódico donde trabaja, un camarero a punto de ser padre, una prostituta que aguarda a los clientes entre copa y copa... y varios más, entre los que se cuela un joven perturbado que les toma a todos como rehenes en un bar sitiado por la policía y los medios de comunicación. Una historia así se presta al retrato de diversos perfiles humanos y al desarrollo de una tensión que va en aumento según se desarrollan los apenas setenta y cinco minutos de metraje. Y es que todo es pequeño en Dial 1119, menos el resultado.

Hay otros títulos de la década de los cincuenta que siguen esta misma fórmula del conjunto de personajes retenido en un espacio común por una o varias personas armadas (SuddenlyThe desperate hours). La virtud de Dial 1119 reside en dos aspectos fundamentales: por un lado, la manera que emplea Mayer de conectar las escenas mediante elementos visuales y sonoros, obteniendo una fluidez narrativa que permite que todas las piezas se engarcen con naturalidad. Así, la radio y la televisión ejercen de vasos comunicantes entre los distintos escenarios y agilizan el ritmo que mantiene el relato.

El otro factor destacable son los cuestionamientos que el film contiene en torno a las jerarquías de poder y a la sociedad de la comunicación, capaz de convertir a personas anónimas en héroes o villanos según las necesidades del público. Temas de plena vigencia que hacen de Dial 1119 un entretenimiento mordaz y a la vez gozoso, que trasciende su condición de producto de segunda categoría y se eleva a la altura de clásico del cine negro. A pesar de lo ajustado del presupuesto, Gerald Mayer logra una factura visual impecable y una buena labor por parte de los actores y actrices que integran el reparto. El director completó su trayectoria cinematográfica con cinco películas más antes de centrarse por completo en las series televisivas, donde seguiría practicando este formato breve y conciso durante mucho tiempo, una vez que su influyente tío había muerto.

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ALMAS EN PENA DE INISHERIN. "The banshees of Inisherin" 2022, Martin McDonagh

Las películas de Martin McDonagh están construidas en base a lugares concretos. Por eso, no es casualidad que casi todos los títulos que ha dirigido contengan una localización que define a los personajes, ya sea por identificación o por contraste. Así sucede en Almas en pena de Inisherin, cuarto largometraje del cineasta británico que se traslada a la tierra de sus padres para hacer un retrato de la Irlanda rural de los años veinte del siglo pasado.

Lo primero que se percibe es el contraste entre lo que se ve y lo que se cuenta. Las imágenes del film muestran un entorno tradicional de gran belleza: prados verdes al borde del mar, acantilados de piedra, casitas que salpican el paisaje, carros que cruzan los caminos... hay incluso un fabuloso arcoíris en la secuencia que abre el film. Poco a poco, se va desvelando la naturaleza de los habitantes que pueblan ese hermoso lugar: hombres embrutecidos por la soledad que ocupan su tiempo bebiendo, mujeres sin más dedicación que el chismorreo malintencionado, jóvenes faltos de perspectivas de futuro... todo ello mientras se escucha el combate de una guerra civil cercana, que a nadie importa.

Como es habitual en su cine, McDonagh emplea la comedia negra para dar forma a una fábula que trata sobre las relaciones humanas. El guion describe la ruptura de la amistad entre dos hombres de sensibilidades distintas interpretados por Colin Farell y Brendan Gleeson, actores recurrentes del director. Una de las virtudes del film es que se inicia con el conflicto ya en marcha, sin que el público haya sido testigo de los antecedentes que lo detonan más que en su imaginación. Esto permite recrear una película previa a la que se ve en la pantalla y que asoma en los diálogos y las actitudes de los personajes, depositando una gran importancia en los detalles. Y eso que Almas en pena de Inisherin no es precisamente sutil. La narración se toma su tiempo y se recrea en el diseño de producción y en la fotografía, ambos apartados muy cuidados. Sin embargo, McDonagh parece no confiar en la perspicacia del espectador y tiende a explicarlo todo en exceso, bien sea utilizando los recursos de la palabra o de la imagen. Los diálogos resultan a veces un tanto expositivos y el montaje incurre en una abundancia de planos que no contribuyen al desarrollo dramático. Para contar que dos personajes se cruzan en un sendero, por ejemplo, McDonagh es capaz de fragmentar la acción en una docena de cortes que no vienen al caso. Es como si Almas en pena de Inisherin se valiera de la retórica visual para evitar que el espectador se aburra, lo cual es una paradoja, porque uno de los temas principales es el aburrimiento y sus consecuencias.

Esta hiperactividad del lenguaje cinematográfico rompe el carácter íntimo que busca la película y la vuelve más convencional de lo que anunciaba su premisa. Es verdad que el tono en general esquiva el naturalismo y bordea la desmesura en la representación de las situaciones y los personajes. La labor de los actores protagonistas y sus compañeros (Kerry Condon y Barry Keoghan) son buen ejemplo de ello, pero también es cierto que un poco de austeridad en la planificación y de sugerencia en el relato hubieran redondeado el conjunto y, sobre todo, lo hubieran hecho más coherente y compacto. Aun así, Almas en pena de Inisherin se ve con agrado y contiene agudas reflexiones sobre la condición humana que vale la pena tener en cuenta.

A continuación pueden escuchar uno de los temas que integran la música compuesta por Carter Burwell. No es la primera vez que el autor norteamericano indaga en los sonidos irlandeses, que en esta partitura aborda de manera sucinta, casi minimalista. Relájense y disfruten:

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RUIDO DE FONDO. "White noise" 2022, Noah Baumbach

Por primera vez, Noah Baumbach parte de una obra literaria para explorar nuevos caminos dentro de su filmografía. Y no elige un texto cualquiera, sino Ruido de fondo, novela de Don DeLillo que plantea retos en cuanto a trasladar a la pantalla cuestiones graves como el miedo a la muerte o la incidencia de la tecnología en la vida cotidiana, pero en clave de comedia mordaz. Baumbach despliega todas sus dotes como cineasta para imprimir energía en esta sátira ambientada en los años ochenta, que sigue hablando al espectador de hoy.

Al igual que el libro, el film está dividido en tres segmentos separados por elipsis temporales que retratan a una familia norteamericana residente en los suburbios de una ciudad del medio-Oeste. Los padres están interpretados por actores que repiten con el director: Adam Driver y Greta Gerwig. Él es un catedrático reconocido de Hitlerología que da clases en la Universidad, mientras que ella se encarga de mantener el hogar y la abundante prole que han ido acumulando de anteriores matrimonios. Las escenas de conjunto recuerdan mucho al cine de Spielberg de aquella época, esos hogares destartalados donde todos hablan al mismo tiempo y las relaciones de poder se dirimen entre la televisión y la nevera. Ruido de fondo tiene un reparto coral que supera los límites del espacio doméstico y se expande por la región, ya que en el segundo acto se produce una emergencia tóxica que obliga a la población a abandonar sus hogares. Sin renunciar nunca a la comedia, Baumbach hace transitar la película por otros géneros hasta oscurecerse de manera definitiva en el tercer acto... al menos, hasta la llegada del desenlace.

Sobra decir que Ruido de fondo juega a romper cualquier expectativa creada durante el desarrollo y que es muy poco convencional. En todo caso, la definición en la que mejor encaja es la de farsa sobre la sociedad de consumo y el modelo de vida supuestamente avanzado que impera en los Estados Unidos. No conviene desvelar aspectos de la trama para no eliminar el factor sorpresa, que es uno de los alicientes del film. Otro es el tono empleado por el director para contar la historia. Baumbach se muestra impetuoso en el guion y dinámico con la cámara para seguir las evoluciones de los personajes, ajustando su estilo a las necesidades de un proyecto más ambicioso que los anteriores. Este cambio le obliga a redoblar esfuerzos en cuanto a imaginación y destreza técnica: hay guiños a Hitchcock (el plano que atraviesa el campamento nocturno hasta terminar en la pastilla que se traga la madre), además de filigranas visuales como la búsqueda del medicamento entre la basura por parte del padre en el trastero. El estilo desarrollado por el director tiene una gran proliferación de encuadres y de ángulos, siempre buscando la mayor expresividad de las acciones y los personajes. Buen ejemplo de ello es la escena del discurso sobre las madres de Hitler y Elvis (en la que interviene Don Cheadle) que logra envolver al espectador en la retórica desquiciada de los ponentes mediante los recursos de la imagen. Y la palabra, claro.

Habrá quien acuse en Ruido de fondo un exceso de literalidad en los diálogos, y no le faltará razón. Sin embargo, en este caso existe una justificación y es que la ausencia de "conversaciones naturales" responde al afán por acercar la película al artificio esperpéntico, algo que Baumbach consigue también en términos visuales en compañía de Lol Crawley, cuya fotografía refuerza la irrealidad del conjunto (atención a la secuencia final en el motel). En suma, Ruido de fondo conjuga con acierto su disparidad de elementos narrativos y dramáticos, gracias a un diseño de producción muy elaborado, a la entregada labor de los actores y al pulso de Noah Baumbach, director que sigue dejando patente su inteligencia, lucidez y, sobre todo, su sentido del humor.

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BABYLON. 2022, Damien Chazelle

Es probable que muchos aficionados recuerden Hollywood Babilonia, aquel libro de Kenneth Anger que obtuvo grandes ventas desde su primera publicación a mediados del siglo pasado y en sucesivas reediciones. El éxito provocó años después un segundo volumen que prolongaba el sensacionalismo y la crónica amarillenta de los secretos de alcoba y escándalos de las primeras estrellas de cine, un inventario sicalíptico que el autor desgranaba poniendo imaginación donde se acababan los datos y echando mano de abundantes dosis de sal gorda. Nadie duda a estas alturas de los desmanes y excesos practicados con la connivencia de los estudios durante la llamada época dorada, en especial antes de la implantación del código Hays. Sin embargo, faltaba rigor periodístico en el texto de Anger, el cual es evidente que ha sido tenido en cuenta por Damien Chazelle para escribir y dirigir Babylon, no solo por el contenido de lo que cuenta sino también por cómo lo cuenta: dejando a un lado el glamour y la sensibilidad que suelen acompañar a los ejercicios de nostalgia (eso que hoy se define de manera tan cursi como "una carta de amor al cine") en favor de la aspereza y la desmesura, como si el cineasta norteamericano hubiese querido filmar la cara B de La La Land para contrarrestar las acusaciones de sentimentalismo por parte de los críticos de colmillo retorcido.

En Babylon, Chazelle hace una exhibición de fuerza tan enérgica que pone en riesgo la integridad de la película en más de una ocasión. Todo es extremo y está narrado con tanto vigor que las imágenes terminan por devorar el relato, convertido en una sucesión de momentos que se mastican de modo compulsivo a lo largo de tres horas sin apenas tiempo para digerirlos. El director transporta al público en una montaña rusa a través de las peripecias de los pioneros del star system, que ven cómo su modelo de negocio se transforma de la noche a la mañana con la llegada del sonido. En el primer acto de Babylon se relata una de aquellas fiestas salvajes que se celebraban en las mansiones de los magnates de la industria, seguida del rodaje en paralelo de dos películas que involucran a los protagonistas y su despegue inmediato hacia la fama. Todo ello comprimido en una primera hora de pura adrenalina que no permite pestañear, filmada con ritmo de screwball comedy y la destreza del mejor de los musicales. Chazelle se emplea a fondo en este segmento y expone los mayores aciertos de Babylon: la presentación de los personajes, sus conflictos y el paisaje que les rodea.

Luego, el film pretende seguir subiendo sin apenas pausas para la digresión. Las acciones aspiran a ser todas relevantes y, por eso mismo, no termina por serlo ninguna. Hay una sucesión de gags muy largos que no profundizan en el carácter de los personajes ni en su evolución, de manera que cada una de las secuencias funciona más por acumulación que por seguir una lógica interna dentro del conjunto. Esta fórmula de película-río ha sido empleada en otros títulos contemporáneos (Érase una vez en Hollywood, Licorice Pizza) con distintos resultados, ya que Tarantino y Thomas Anderson agudizaban el perfil psicológico de sus creaciones, la coherencia y la fluidez interior de la historia, más allá de lo que describe el guion. Los fragmentos de Babylon están menos cosidos y el desarrollo resulta más artificial, dando la sensación de estar presenciando una miniserie al completo, por la estructura del guion que sigue en orden cronológico unos acontecimientos aislados unidos por una idea de fondo: el ascenso y caída de unos personajes que venden sus almas por alcanzar sus sueños. Una vez más, es el mito de Fausto trasladado a un Hollywood incipiente por donde se pasean distintos arquetipos representativos: las celebridades instaladas en el sistema, los hombres de negocios que mueven los hilos, los aspirantes que buscan su oportunidad de ingresar en el Olimpo... una fauna variopinta, interpretada por un buen número de actores con Brad Pitt, Margot Robbie y Diego Calva a la cabeza. Los tres deslumbran y ajustan sus papeles al tono hiperbólico que predomina en la película, sin abandonar la credibilidad. Además, los dos primeros toman como inspiración a nombres ilustres del pasado: John Gilbert (Pitt) y Clara Bow (Robbie), a quienes se suman otras figuras reconocibles como Marlene Dietrich, el productor Irving Thalberg o la escritora y columnista Elinor Glyn.

A pesar de sus debilidades, Babylon se ve con agrado gracias al pulso que imprime Chazelle desde la planificación y Tom Cross en el montaje. Ambos son viejos colaboradores, al igual que el director de fotografía Linus Sandgren, que realiza un despliegue de colores imaginativo y envolvente. El compositor Justin Hurwitz completa el grupo de socios habituales de Chazelle, y es tal vez quien mejor define con su música el espíritu del film. Si bien recupera algunos de los aciertos que sonaban en La La Land (en cuanto a armonías y arreglos enraizados en el jazz), lo cierto es que la batuta de Hurwitz conduce la película a velocidad de vértigo y contiene al menos tres leitmotivs memorables, que mantienen su sello de autor. La música dialoga a la perfección con las imágenes de un Chazelle más parecido que nunca a Scorsese (esos acercamientos rápidos del encuadre hasta cerrar en primer plano) con movimientos de cámara de gran complejidad para seguir acciones en escenarios con múltiples elementos. El lenguaje visual del director se muestra barroco y nervioso, intercalando la genialidad de algunas secuencias como la del rodaje en exteriores, con algunas tosquedades como la escena final en la puerta del estudio de cine. Sin duda, algo de economía narrativa hubiera dado mayor consistencia al conjunto para evitar caer en la reiteración en la que incurre Babylon a partir de su segunda mitad, la cual incluye algunos episodios prescindibles dentro de la trama (el de la serpiente en el desierto, por ejemplo). 

Un poco de contención por parte de Damien Chazelle hubiese dotado a Babylon de la brillantez que roza en determinados instantes, pero su vocación indisimulada de gran película hace que se le vaya de las manos y conduce al ensimismamiento del propio film, hipnotizado por su aparatosidad algo forzada. Después de atravesar múltiples retos y de ponerse la zancadilla a sí misma, Babylon trata de enmendarse y de enderezar sus incorrecciones con un final que busca la reconciliación sentimental con el público, y que recuerda a Cinema Paradiso. Aquí es donde Chazelle se sale de la película y habla de tú a tú con el espectador, en un clímax que coquetea con la experimentación pero que no puede evitar ser algo obvio y discursivo. Llegados a este punto, el director parece decir: “Prestad atención, lo de antes era broma pero ahora voy en serio. A pesar de todas las miserias expuestas, yo amo el cine”. El objetivo es que al salir de la sala, la emoción sustituya al disfrute desacomplejado de lo que se ha visto antes y que Babylon deje un recuerdo perdurable en el cinéfilo. Lástima que, tal vez, sea ya demasiado tarde. El furor de la sátira acaba por aplastar cualquier veleidad artística y subsiste un placer canalla y desbordado, pero algo insustancial.

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RAMONA. 2022, Andrea Bagney

Andrea Bagney consigue sacar adelante su primer largometraje desde la más absoluta independencia, con mucha más voluntad que medios. Y soluciones ingeniosas: a través de una empresa de hostelería se constituye Tortilla Films para dar soporte a la producción de Ramona, una película que sigue la estela del subgénero mumblecore y en especial de uno de sus títulos más celebrados, Frances Ha. Al igual que en esta, Bagney elige como protagonista a una mujer que ronda la treintena, en plena crisis de madurez y cuyas posibilidades profesionales y afectivas se tambalean ante la falta de perspectivas de futuro, un retrato contemporáneo de buena parte de la población que debe lidiar con la precariedad. Lo mejor de Ramona es que la crónica del presente se hace sin épica ni acritud, desde lo cotidiano y con afán naturalista, pues la ausencia de ambiciones hace que el conjunto resulte cercano.

La directora también escribe el guion, dividido en capítulos que se corresponden con diferentes momentos de la relación de Ramona con su novio y con un cineasta que acaba de conocer y con el que se embarca en un proyecto incierto. Los tres personajes están interpretados por Lourdes Hernández (más conocida por su sobrenombre musical, Russian Red, quien también debuta en el formato largo), Francesco Carril y Bruno Lastra. Actores que proporcionan la medida exacta de frescura que precisan sus personajes y que hacen suyos los abundantes diálogos, ya que la película está conducida por conversaciones constantes que marcan el comportamiento y la evolución del trío principal. No hay muchos más personajes porque la elocuencia de la palabra compensa el minimalismo de los demás elementos: pocos escenarios, pocas situaciones e incluso poca duración, apenas ochenta minutos en los que transcurre la historia sin prisa pero sin pausa, buscando un ritmo cercano al de la vida contada con sencillez.

Ramona no exhibe alardes de planificación y adolece de un sonido demasiado pobre ya que, en general, predomina una sensación de inmediatez y de austeridad que a lo largo de la narración se convierte en estilo. En ocasiones, recuerda a aquellas primeras películas de Colomo y Trueba que lo mismo miraban a Woody Allen como a la nouvelle vague o a los clásicos de la comedia norteamericana, algo de todo ello se encuentra en Ramona, así como de homenaje al cine. No en vano comienza y termina en el Doré de Madrid, una sala que se suma a los paisajes céntricos de la ciudad en calidad no solo de trasfondo urbano, sino también emocional.

Bagney filma las imágenes en 16 mm, lo cual ya es una toma de posición frente al hecho cinematográfico basada en la búsqueda de lo artesano y de cierta poética asociada al soporte, según ha declarado la propia autora. Pol Orpinell se encarga de la fotografía en blanco y negro que, eventualmente, se interrumpe por el color, y es que Ramona propone un metalenguaje de cine dentro del cine en el que la ficción aparece en color y la realidad en blanco y negro. Un recurso que no es nuevo, pero que la directora emplea con inteligencia y sensibilidad. Estos dos atributos se van consolidando a lo largo de la narración, ya que el episodio que abre la película es torpe y no parece augurar nada bueno... por fortuna, Ramona crece a ojos del espectador gracias al desparpajo de Andrea Bagney y al magnetismo que desprende Lourdes Hernández. Ella imprime su personalidad a Ramona y sostiene el film sobre su pequeña complexión y su mirada franca, sin ambages.

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IT'S SUCH A BEAUTIFUL DAY. 2012, Don Hertzfeldt

Entre los años 2006 y 2011, Don Hertzfeldt realiza tres partes de una misma historia que va estrenando consecutivamente y que reúne en 2012 con el título de la última de ellas, It's such a beautiful day. Son tres segmentos de duración similar y con la unidad de estilo característica del autor californiano, basada en una animación muy simple, de diseños minimalistas e inspiración naif que llamó la atención en multitud de festivales a principios de siglo. La estética de líneas geométricas dibujadas a mano con métodos tradicionales y animadas de modo rudimentario, contrastaba con los guiones también creados por Hertzfeldt, de humor negrísimo y afán provocador.

It's such a beautiful day es menos agresiva que sus precedentes y demuestra la madurez del director, quien aminora los gags visuales en favor de la palabra. La propia voz de Hertzfeldt sirve como hilo conductor del relato, una verborrea ácida que persigue siempre la honestidad y que explica los pensamientos de Bill, el protagonista común de los tres episodios, el cual hereda el nombre de un cortometraje muy celebrado que Hertzfeldt hizo en 1998: Billy's balloon. Al contrario que en esta breve pieza muda, el largometraje emana un torrente de ideas que se atropellan unas a otras y que guían al espectador por lo que sucede en la trama: el deterioro de las capacidades cognitivas de Bill, que comienza teniendo manías como las de cualquier humano hasta terminar perdido en los laberintos de su mente, todo ello expresado con elocuencia verbal e imágenes hipnóticas. En contraposición, los momentos sin voz son de un lirismo revelador (el viaje en autobús bajo la lluvia) o una herramienta para la comedia absurda (la secuencia del soplador de hojas).

It's such a beautiful day es una película sobre la percepción. La del público y la del personaje principal, que se comparten mediante un hallazgo consistente en dividir la pantalla en fragmentos que interactúan entre ellos a modo de montaje interno dentro del mismo plano, o de montaje externo yuxtaponiendo acciones. Hertzfeldt mezcla texturas y técnicas de animación (dibujo tradicional, collage, material de archivo) para transmitir la dispersión que sufre Bill, también a través de alteraciones en la imagen que no estaban previstas en un principio. Por uno de esos milagros que ocurren raras veces en el cine, lo que pudo haber sido un desastre de producción (la avería en la vieja máquina que utiliza Hertzfeldt para animar las figuras) se convierte en un recurso narrativo (la distorsión de las imágenes) que materializa los desvaríos del protagonista y dota al film de una fuerza y una crudeza inusitadas.

Resulta emocionante ver lo lejos que consigue llegar el director con los mínimos elementos, tanto expresivos como de elaboración, a través de su pequeño estudio, Bitter Films. It's such a beautiful day es una obra de arte inteligente, reflexiva y cómica, dotada de una sensibilidad poética que requiere la participación activa del sonido. Don Hertzfeldt demuestra gran habilidad para seleccionar las músicas que deben sonar en cada momento (casi todas piezas clásicas) y sean parte del lenguaje cinematográfico de este prodigio inagotable de imaginación y talento que es It's such a beautiful day. Un buen ejemplo de las posibilidades de la animación para adultos cuando cuenta con ambiciones literarias y filosóficas.

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BARDO. 2022, Alejandro González Iñárritu

"Un ejercicio sumamente pretencioso e innecesariamente onírico, solo para ocultar una mediocridad en la escritura. Una sumatoria de escenas carentes de sentido... todo está dicho como en metáfora, pero sin inspiración poética. Un plagio mal encubierto, banal y fortuito. El director tiene tanto ego que se mete en la película, usando las glorias del pasado para hablar de sí mismo". Estas palabras pertenecen a un diálogo de Bardo y coinciden con la mayoría de las críticas que recaen en la película en el momento de su estreno. El director Alejandro González Iñárritu se anticipa ya desde la escritura del guion a los ataques que va a recibir y trata de explicarse por voz del protagonista. No en vano, el personaje principal se puede identificar como su alter ego, al igual que hizo Fellini seis décadas atrás en 8 y medio.

La trama de Bardo sigue los pasos de un reputado documentalista mexicano que vive en Los Ángeles y regresa a su país para explorar su identidad, enfrentarse a sus recuerdos y reflexionar sobre la realidad que le rodea. Un viaje en el que todo se mezcla hasta adoptar la cualidad del ensueño, visto siempre desde la perspectiva furiosa y melancólica del personaje interpretado por Daniel Giménez Cacho, tal vez en el papel definitivo de su ya larga carrera. Iñárritu trata de introducir al público en su cabeza y, como sucede en la vida real, el deambular de la mente es caprichoso y desordenado, lo cual dota a la película de una estructura multiforme sin orden cronológico en la que se solapan diferentes planos temporales y espaciales.

Iñárritu ordena este caos junto a su coguionista, Nicolás Giacobone, mediante bloques de secuencias cuya representación visual permanece acorde a la sensación que se quiere transmitir. Bardo está filmada con lentes de gran angular que tienen un rango de visión muy amplio a la vez que proporcionan cierta distorsión en los bordes de la imagen. No es un capricho estético sino la manera en que percibe las cosas el protagonista, una proyección de su interior llena de estímulos pero tergiversada, a modo de esperpento, puesto que se trata de una farsa. Hay un bebé que se niega a nacer como analogía de un hijo perdido, una conversación con Hernán Cortes para ajustar cuentas de la colonización, peces que se escurren como la memoria de los días pasados... en suma, un catálogo de ingeniosas ocurrencias que pondrá de los nervios a los enemigos de los juegos ópticos. Por fortuna, Iñárritu filtra el relato a través del humor y desactiva pronto las veleidades de trascender que le salen al paso, empleando el absurdo y la exaltación como herramientas de estilo, también en el apartado sonoro.

Para ello, Iñárritu cuenta con una alianza indispensable y es la fotografía de Darius Khondji, con quien trabaja por primera vez. La iluminación y la paleta de colores contribuyen a marcar el tono desquiciado pero bello que mantiene el film, al igual que la música compuesta por Bryce Dessner, de influencia balcánica. De hecho, el cine de Kusturica aparece como una de las influencias reconocibles en Bardo, además de otros autores como Malick o el ya citado Fellini. La coctelera de Iñárritu se agita con fuerza para servir algo que, en boca del protagonista, se describe así: "Yo soy todo eso y nada de eso también". Es verdad que en el guion abundan los aforismos y las frases redondas, otro síntoma de irrealidad que no suele ser del agrado de los defensores del naturalismo a ultranza, del mismo modo que ocurre con la autoficción, un género que se acepta con normalidad en la literatura y en la pintura, pero no en el cine.

Es curiosa esta paradoja. Después de abrirse la herida, Alejandro González Iñárritu se coloca la venda él mismo y trata de explicarse, de nuevo a través de su personaje: "A lo mejor es solo una crónica de incertidumbres, con eso me conformo. No me interesa hablar de mi vida, la memoria carece de verdad, solo tiene convicción emocional. Estoy cansado de decir lo que pienso y no lo que siento". Eso es Bardo, acompañada del subtítulo Falsa crónica de unas cuantas verdades. Puede ser una película kamikaze, afectada e incluso onanista, autocomplaciente. Pero no cabe duda de que arriesga y que proporciona una sensación casi hipnótica, además de contar con dos interpretaciones excepcionales: la de Giménez Cacho y Griselda Siciliani. Resulta emocionante contemplar la fisicidad y el nervio que imprimen en la pantalla con apenas unos gestos y unas palabras. Ellos ponen humanidad al laberinto de conmociones que es Bardo.

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